Par Mercedes Aguirre
Duermo. Duermo en camisa de pijama de franela para la gente grande. La camisa me queda lo suficientemente grande como para ser un camisón pequeño, más bien corto. El cabello lo tengo trenzado. La trenza es de lado y el cabello despeinado porque siempre doy vueltas mientras duermo. No sé que hora haya sido, pero todos en la casa ya se habían levantado. Por casualidad estábamos todos (menos mi hermana) visitando a la abuelita Pepita en el DF. Yo había llegado con mi mamá para que le hicieran una operación y mi papá estaba de visita mientras se iba a Colima. Mi abuelito salió temprano esa mañana y no lo vimos sino hasta entrada la tarde.
Mi papá llegó corriendo cuando empezó el sismo. Yo pensé que me quería hacer cosquillas, que quería jugar conmigo como siempre, pero lo que quería hacer esta vez era sacarme de la casa porque ya había empezado el temblor. Me cargó agarrándome los muslos con un brazo y con el otro la espalda, como se carga a los niños más grandes y a la gente adulta, como se carga a la gente que se te desparrama y ya no cabe cómodamente entre tus brazos como un bebé. Yo me agarré de su cuello y vi como pasaban bajo sus pies las líneas, las ranuras de entre la loseta del patiecito de mi abue.
Mi mamá y mi abue ya estaban afuera y cuando mi papá me bajó. Me acuerdo que me dio un poco de pena que los vecinos me vieran en mi disfraz de pijama de hombre y trenza desgreñada. Los cables de la calle hacían movimientos oscilatorios, los coches se movían de la misma manera que los mueven los manifestantes cuando quieren que un coche se voltee (o cuando quieren pegarle un susto al que viene dentro.) Mi mamá comentó, años más tarde, que mi papá valientemente me había sacado de la casa para que recibiera chicotazos de los cables de la luz. Qué impresionante ha de ser ver que se revientan los cables de la luz durante un temblor; como ver latigazos del cielo.
Las vecinas de enfrente ya estaban en la banqueta cuando mi papá y yo salimos de la casa. Una de ellas lloraba y decía “¡Díos mío, perdónanos!” La verdad es que me dio lástima verla así. Unos segundos después de haber visto a la vecina arrodillada pidiendo perdón, mi papá gritó “¡Miren!” y señaló el extremo derecho de la calle. Una pared de ladrillos de unos 8 metros de largo (y sin barrillas) se derrumbó por completo, dejando a la vista un terreno baldío. Muchos edificios por muchas partes del D.F. se derrumbaron de igual manera.
La casa de la abuelita no sufrió daño alguno. En la colonia no se vio ningún estrago aparte de la barda del lote baldío, la cual fue reconstruida en unos pocos días. Teníamos la suerte de estar en un lugar en donde más que nada había casas viejas, de una sola planta y con buenos cimientos.
Después del temblor pasamos varias horas pegadas a la televisión y comiendo pan dulce. Digo “pegadas” porque no me acuerdo de que hubiera estado mi papá. Me pregunto en donde estaba mi abuelito mientras todo esto sucedió. A través de la televisión vimos como toda una ciudad quedó tremendamente dañada, y entre los lugares más dañados estuvo Tlatelolco. Mi abue hizo un comentario al estilo de “Yo siempre les he dicho que Tlatelolco es un lugar de tragedia.” En esa época yo pasaba mucho tiempo en Tlatelolco porque mi mejor amiga, Ixquic, vivía ahí con su mamá.
Esa noche mi abuelito llegó borracho. Llegó con su corte de pelo de siempre, relamido con vaselina pero ya todo desbaratado, igual que el de los hombres de las películas de los años cuarenta después de una pelea a puño limpio. Llegó como un héroe pasado de moda, un anacronismo, como un superman con capa rota. Antes de llegar a la casa deambuló borracho y tambaleante por las calles de ese DF en decadencia. Solo puedo imaginar cuantas transformaciones sufrió esa ciudad ante sus ojos mucho antes de que el sismo ocurriera. Llegó a la casa como un amago de nostalgia. Su plática fue alegre y ligera; despistada. Me imagino que tomó para entumecer el dolor. Nos enseñó una moneda nueva, una moneda chiquita de cinco pesos. Sentí que el mundo de verdad estaba cambiando.
Pasaron las horas y luego todo el mundo comenzó a contar lo que les había pasado cuando ocurrió el temblor. Ixquic estuvo en el metro y dijo que sintió como casi se le iban las patas del puro miedo. Rolando, su papá, había estado en Tlatelolco y vio como una señora le reclamaba a dios que por qué castigaba así a la humanidad, para después caminar unas cuantas cuadras y encontrarse a un señor que le mentaba la madre al gobierno por haber construido edificios tan deficientes. Los matices de una nación.
Como hubo muchos problemas con las conexiones telefónicas, se estableció un servicio especial de operadoras que te pasaban mensajes. A nosotros nos llegó un mensaje de la familia Paniagua que querían saber si estábamos bien. Mientras tanto mi hermana estaba en Pennsylvania viendo a México por la televisión y preguntándose si se había quedado sin familia.
Empezaron las labores de rescate y aproximadamente un día después hubo otro sismo, esta vez por la noche. El segundo sismo fue peor porque ya se sabía que era lo que podía pasar. Me puse muy nerviosa y empecé a hacerle varias sugerencias a mi mamá: ¿Por qué no nos metemos debajo de la mesa? ¿Por qué no nos metemos debajo del marco de la puerta? Mi mamá me dijo que me calmara y eso me molestó. También me molestó la actitud de mi abuelito que andaba bien campante preparándose su café con leche en la cocina como si nada estuviera pasando.
Recuerdo más imágenes de la televisión, por ejemplo rescatistas sacando a personas de los escombros de un hospital. Lo más impactante fue cuando sacaron a un bebé con vida; fue como un verdadero parto colectivo. Había luces que alumbraban fuertemente los escombros y al niño lo sacaron con todo y tubitos de suero que le colgaban del cuerpo, eran como sus nuevos cordones umbilicales. Mientras los señores con casco sacaban al niño me dije Dios mío, este niño está naciendo por segunda vez. La gente emocionada gritaba ¡México! (dos palmas) ¡México!





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